Me imagino que si estás aquí es porque tienes curiosidad en saber quién soy yo y sobre todo porque quieres que te hable sobre uno de mis mejores amigos. ¿Me dejas que te lo cuente?:
Nací en el otoño de 1975 y si hago una vista hacia atrás, evoco numerosos momentos de pequeña, en la cocina con mi madre oliendo mientras guisaba. Disfrutaba viéndola hacer uso de las especias, el tomillo para el cabrito, azafrán para el arroz, laurel para las judías, la pimienta para el rabo de toro y la ramita de canela con la piel de naranja para la sopa de almendra (no es de extrañar que uno de los libros de adolescente que más me dejaron huella fuese “Como agua para chocolate” de Laura Esquivel, 1989).
Cuando llegaba el plato a la mesa, todo cambiaba, mis padres queriéndome enseñar las normas del “saber estar” no me dejaban “hacer uso de mi nariz”. Así que encontrar una profesión (Sumiller) donde no solamente pudieras introducir la nariz y oler, sino que “lo debes hacer” sin estar faltando alguna norma protocolaria o comportamiento ha sido, para mi parecer, mi “tabla de salvación”, una liberación de tantas y tantas comidas de opresión a mi instinto natural por mi pequeña afición.
Al vino lo conocí en la universidad cuando estaba en el segundo año de la carrera (Ingeniero Agrónoma), me lo presentaron en la Semana Universitaria del Vino que tenía lugar en la competencia ¡ja! (E.U.I.T. Agrícolas), y solamente hizo falta un sorbo para saber que íbamos a ser amigos para siempre (como la canción). Así que elegí la especialidad que más tiempo nos dejaba pasar ratos juntos (Industrias Agroalimentarias). Me fascinaban sus aromas, me atraía su complejidad y cada vez me inquietaba más y más esa capacidad para mimetizarse con su entorno y dar lo máximo de él.
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