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Un estudio intenta averiguar cómo sabrá el vino en unas décadas

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El aumento a nivel global de las temperaturas hace que las uvas maduren más rápido. Algunos viticultores creen que éste podría ser uno de los beneficios del cambio climático, pero es probable que estén equivocados. Por lo que un equipo de investigadores alemanes lleva un año estudiando cómo afecta el CO2 a las vides.

La Universidad de Geisenheim, es referencia en Alemania como centro de investigación vinícola, y se propuso analizar las consecuencias del aumento de dióxido de carbono. Para ello, exponen artificialmente a las vides a una mayor concentración de gas, que se reparte por la plantación de forma equitativa por medio de ventiladores. Lo que buscan es simular las condiciones a las que se expondrán las vides en un futuro: "Queremos saber cómo sabrá el vino dentro de 35 años", explica Claudia Kammann, coordinadora del proyecto.

Según los expertos, los gases causantes del efecto invernadero (CO2, metano y óxido de nitrógeno, entre otros) adicionalmente inciden en el aumento global de las temperaturas. Y esto hace que el crecimiento, la floración y la cosecha de las vides se adelante más. Con lo que el peso del mosto de la uva (un indicador de su madurez) también se ha incrementado notablemente. Esto permite que en los viñedos alemanes pueda haber variedades como Cabernet Sauvignon o Merlot, que son autóctonas de los países mediterráneos.

Sin embargo, la influencia directa del CO2 en las vides no había sido investigada a fondo. El proyecto FACE2FACE (Free Air Carbon Dioxide Enrichment) pretende averiguar si el aumento de la proporción de CO2 en el aire afecta al crecimiento, la cosecha y la calidad de la uva o hace que las vides sean más vulnerables a las plagas.

La hipótesis manejada indica que aunque el CO2 adicional puede favorecer el crecimiento de las vides, puede cambiar la concentración de los nutrientes en las uvas. "Con frecuencia, disminuye el contenido de nitrógeno" señala Kammann.

Paralelamente, se investiga cómo las uvas reaccionan a plagas como la polilla de la vid. Y para esto cada planta está marcada, por todas partes hay sensores que miden continuamente la humedad del suelo y las cepas. La plantación se distribuye en 6 anillos, 3 de los cuales son sometidos a una porción extra de CO2. Las variedades plantadas son en todos los casos Riesling y Carbernet Sauvignon, de las que se obtienen 12 caldos distintos, aproximadamente 20 litros por anillo.

Las elevadas temperaturas de los últimos meses han provocado que la cosecha de Riesling inicie a mediados de septiembre. Pero aunque algunos viticultores consideren que el aumento del peso del mosto y el cambio climático podría resultar beneficioso, los veranos serán cada vez más secos. 

Esto traería consigo pérdidas cuantitativas y cualitativas: si escasean el agua y las noches frescas, el Riesling perderá su característica acidez y nivel de afrutamiento. Algo que podría suceder en esta cosecha, como ocurrió en la del año 2003.

La maduración rápida de la uva Riesling, una variedad blanca de la región del Rin, la hace más propensa a los hongos en caso de humedades, y por miedo al Botrytis cinerea, los viticultores se ven obligados a acelerar sus cosechas, según la asociación de viticultores del Rin.

"Aún no sabemos todas las consecuencias del cambio climático sobre la vid", indicó la investigadora Kammann. Pero es notable que esta serie de factores afectarán el sabor de los vinos.

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